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miércoles, 10 de junio de 2009

Lo que sería besarte


Esto forma parte de mis sueños,

Creo que lo sabemos bien tú y yo…

Añoro tan sólo sentir tus besos,

Con el contacto de nuestros labios en comunión…

Cómo podría cumplirse este anhelo?

Cómo imaginarlo en este idilio secreto?

Permíteme dibujarte…retratarte

Lo que mi alma en un beso podría regalarte…

Solos, en la noche serena…

Hablándonos con palabras sinceras…

Luego, por una santa visión,

Mis labios se asoman a los tuyos…Sagrada Unción.

Un destello sólo de tu ser,

Una expresión de los suspiros de tu aliento…

Mis manos en tu rostro…el ósculo trémulo…

Que ha de pasearse…en la flor y en sus pétalos.

Pudiera de la nada sellar tu boca…

Que en la angustia de sus horas…

Concibe ya ese deseo…aunque en silencio…

Le es imposible contener ese sueño…

No, quién habría de dar tonos exagerados…

Por el deseo eterno de sentir tus besos adorados,

La eternidad se posaría en tus labios…

Y ese sueño de amarte como al cielo…habrá comenzado

Declaraciones

Contemplar el día que aproxima

A la lluvia, a la tormenta

Que habrá de esparcirse

Por toda la tierra…


Nubes negras cubren la estación,

Esta primavera de anunciación

Que delata la vida nueva…

La belleza bajo el resplandor.



Y el día nublado de octubre

Tal vez traiga otros aires

Frescuras nuevas de amor

Hacia atmósferas indescriptibles.


Porque adoro tan sinceramente

Con la pureza de mi ser…

Adoro sencillamente…

Mi alma a ella pertenece? Tal vez…


Es el sentimiento que se atreve

A hablar por sí mismo…

Canta con su corazón…

Con sus versos de niño.


Canta vida mía en las proximidades,

En los recodos del tiempo…

A toda hora, a cada segundo…

Declarando la infinidad del mundo.


Porque todo gira lentamente…

El tiempo ha de escaparse

Cuando uno sabe lo que siente…

Cuando ama, el tiempo opacado por el instante.


La magia de estrechar con delicadeza

Unas manos, un rostro…

Con las miradas encendidas

Vivir por siempre en unos ojos.


Y brillan las pupilas del marrón

De la arena que se duerme en el mar.

La cabellera oscura se muestra…

Como el longevo río de cristal.


Se declara por tantas veces

Que parecen como la primera…

Sonrojadas, dulces, tiernas…

Amor que bendice este planeta.


Así somos cuando amamos

Cuando ansiamos la vida eterna

En unos labios, con un beso…

El que se otorgan también las estrellas.


Dos seres como la luna y el sol,

Uno en la noche, otro en el día.

Y se juntan cuando predican…

En los dos lugares…El eclipse del amor.


El amor no va separado de sus manifestaciones,

Bien puede notarse en todas las ocasiones….

Como cuando el rocío abraza al pasto…

Como cuando las mariposas descansan sobre las flores.


Así como el viento cuando acaricia a las hojas,

Ya sea en el ocaso, en el otoño, en cálidas horas…

Como la voz que pregona en la brisa…

El encanto de las ensoñaciones perdidas.


Todo va unido, en celestial convivencia,

La armonía de la vida también posee tristeza.

Anhelos por reclinarse en los hombros…

De un ser que recuerda perfumes hermosos.


Fragancias de antiguos días idos

Pero es todo tan divino…

Declaramos que no olvidamos

La fe de un ser tan querido.


Y así como la muerte extiende sus alas,

El cielo redime con sus coros de ángeles,

Y con el amor de Dios uno habrá de pasearse,

Allá, en el Edén, al lado…de la mujer adorada.

martes, 19 de mayo de 2009

Tres Poetas Románticos: Peregrinos del Mundo


La poesía, como género literario y humano, representa a la búsqueda de la máxima expresión de los sentimientos y pensamientos, estos tal vez encerrados en lo más profundo de nuestro ser. Concibe además un mundo distinto, una visión diferente en lo que a las manifestaciones del Universo, su unidad, su forma, su estructura competen. Ser un poeta, o bardo, o vate, implica el constante observar y describir el movimiento de la naturaleza, expresándola en un lenguaje simbólico, mediante el uso de figuras literarias, puesto que lo bello, lo bueno, lo cualitativo, lo malo, tiende a exaltarse hasta los límites del paroxismo. Decimos que cuando hacemos poesía, estamos haciendo hablar a nuestra alma misma.

Estos pensamientos podrían ir tornándose subjetivos si no procedemos a un minucioso y delicado análisis literario-poético, sobre el porqué de estas aseveraciones. Basta con remontarse hacia una revolución de no más de tres siglos como pasado cercano a la más pura expresión de nuestros avatares, penas, alegrías, dolores. El movimiento denominado Romanticismo, nacido a finales del siglo XVIII y consolidado durante el desarrollo del Siglo XIX, como respuesta a una forma de pensar imperante ya en esos momentos (La Ilustración), pregonaba, a diferencia de la fría deducción y la mera lógica propias del Siglo de las Luces, al máximo cúmulo de sentimientos que un hombre pueda segar desde su interior. Aislado de todo refinamiento racional, ajeno a reglas estéticas muy rigurosas, el movimiento romántico supone una liberación del pensamiento, una libre expresión más individual, netamente intimista, extremadamente nacionalista, sobre las situaciones de la vida de ese tiempo.

Es un giro de toda una época, aletargada por los usos y abusos de la Monarquía y su Régimen Absolutista. Es un despertar hacia un nuevo mundo. Es un fluir más limpio, más puro, más intenso, de las turbulentas olas de nuestros pensamientos. Así se abre un extenso capítulo en el mundo: la era de las revoluciones, de los movimientos por las causas independentistas, cronológicamente primero en América, luego en Europa, mas las razones se fundamentan y se complementan: ambos continentes se hallaban oprimidos bajo un mismo cetro.

Inmediatamente surgen figuras determinantes en la esfera política, social y literaria del siglo XVIII. El antecedente más cercano al Romanticismo se remonta a la edición de la novela epistolar “Las Cuitas o Tribulaciones del Joven Werther” (1774), del erudito alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832). En ella Goethe muestra a un joven de caracteres tempestuosos, enamorado de una mujer prometida a otro, y no siendo correspondido, se suicida. La publicación de dicha novela trajo consigo una ola de suicidios, lo que provocó la censura de la misma.

Goethe confiesa póstumamente que el personaje de Werther se basa en una situación vivida por él mismo, ya que estuvo enamorado de una mujer próxima a casarse. La influencia del Werther tuvo honda repercusión en Europa, con el prototipo del héroe errante agobiado por sus pesares filosóficos, metafísicos, y el más importante, el del amor no correspondido. Puede tomarse desde ese momento como el punto de partida del Romanticismo en la literatura.


De aquí surgen escritores, poetas, identificados plenamente con la vertiente romántica, dedicándose a expresar sus sentimientos creando, retratando paisajes, idilios, situaciones de desengaño, melancolía de los recuerdos, nostálgicas introspecciones, siendo ellos mismos los protagonistas, escondidos bajo de sus personajes. Proseguimos al estudio de tres poetas, ingeniosos hidalgos al decir de Cervantes, siendo uno de ellos tal vez el principal representante del Romanticismo Inglés y vate viajero de sus sueños. Tal es el caso de Lord Byron (1788-1824), quien viviendo una vida de desenfrenos, tristezas, penas, es desterrado de su patria Albión (como la llama en su Childe Harold), y parte sigilosamente hacia las tierras italianas para no pisar jamás su tierra natal. La personalidad de Byron fue una de las más controvertidas de su época.

Conoció la fama mediante su genio literario, más sus relaciones incestuosas con su hermanastra Augusta lo hicieron odiado, manchándolo para siempre dentro de la sociedad inglesa de su época. De su papel como vate peregrino, describió a la belleza de los campos de Malta, Albania, Portugal, España, Grecia, en su Childe Harold, héroe personificado por él mismo, viviendo las peripecias de estar alejado de su patria, y abrazando una tierra que no es la suya. Muere luchando por la causa griega en el sitio de Missolonghi en 1824, de un ataque epiléptico.

Además junto a él respiran aún los líricos Percy Shelley y John Keats, quienes también conocieron el destierro. El uno por su ateísmo, el otro por su tisis, radicándose en la Italia revolucionaria. Shelley, poeta de las sublimidades, puro como su alma, se dedicó a describir el Universo, impregnado en sus versos, la fragancia y elíxir de lo majestuosamente divino. Su Himno a la Belleza Intelectual pregona la perennidad de la belleza ante el mal. Muere ahogado en Pisa durante el naufragio de su barca Ariel en 1823. Keats fue un amante del arte helénico: su Oda a una urna griega, predice con nostalgia indecible que su muerte, a más de estar cercana, será en los brazos de lo bello, lo único gloriosamente verdadero. Muere de tuberculosis en 1821.

Almas sumidas en la búsqueda de la felicidad, en la dulzura del mundo, sus idealismos permanecieron hasta que el hado silente, hizo cesar sus respiraciones. Estos personajes descritos, son los más laureados poetas peregrinos del mundo. Vidas atormentadas, morando en los huracanes, vendavales y tormentas de sus corazones, el tiempo los vio florecer y marchitarse como las flores golpeadas en invierno, sin que la primavera las refugiase. Aquí tal vez pueden encontrarse diversos rasgos en las personalidades de estos poetas.

Tantos somos los que nos sentimos vinculados profundamente con sus espíritus. Y el amor abrió y cerró sus puertas, germinando la semilla de las idolatras hacia otras almas desconocidas, pero puras, tal vez no correspondiendo estas, o desistiendo aquellos. Aquí en la tierra la manifestación más grande, y la capacidad más grande que nos brindó el sabio creador es la de sentir. Sentir en nuestros nervios, sangre, venas, alma y corazón, el poder del amor, tanto divino como el idealista, el que desea ser tan perfecto, y llega a serlo…si uno se desvive por eso…el amor terreno. Como errantes ha seguir el camino de vivir anhelando quimeras, habremos de surcar mares los poetas, para encontrar finalmente, la felicidad, la gloria, en Dios, y al decir de Shelley, a un “Espíritu dentro de dos formas”.

lunes, 11 de mayo de 2009

Coloquios a la Luna


Permitidme expresar en versos

Al humilde canto de mis sueños.

Lamentándome acaso por mi vida,

Por mis anhelos que jamás habrán de acabar.


La noche envuelta de estrellas,

Está aguardándome con triste pesar.

Resuenan las antiguas preguntas sinceras,

De aquellos recuerdos que no habré de olvidar.


Este andar conmigo mismo,

Sufrir errante a través de las adversidades,

En la inconstancia del tiempo

En la vida de eternos suspirares.


Y regresa la remembranza de los días,

Que trajeron consigo a las caricias benditas…

Dulces abrazos de un amoroso ser.

En los susurros preciosos del atardecer.


Se acerca la noche con su hija la luna,

La reina protegida de los poetas.

Con la palidez de su mirada sencilla,

Me otorga bienestar de Diosa bella.


Oh! Divino rayo que renace cada crepúsculo,

Se desprende de su halo como aureola celestial.

Oh! Madre de las estrellas, lirio primaveral,

Háblame por un instante, has a mi dolor callar.


Elegíaca lamentación por la princesa,

Que era adorada en la tersura de su cabellera.

Vestida con los destellos del alba sincera,

Su sonrisa alababa a las flores en un despertar de pureza.


Ser enteramente de ella, nervio, alma, corazón,

Sea ella para mi, sonrisa, hada, amor.

En fin, ser para sus adentros, su humilde servidor,

Y ella en mis sueños mi infinita adoración.


Dejadme Luna enfriarme como tus cráteres,

Soledad, es lo que queda, al navegar,

Por los mares donde los cisnes,

La ven a lo lejos soñar.


Déjame ser un punto más en el hemisferio,

Un planeta más en las lejanías del Universo,

Donde ni el brillo del astro rey me otorgue su misterio.

Mi amada es la única luz que me ha libertado del destierro.


Como el dulce vaivén del viento,

Mi voz llegaba a su oído sin dispersarse.

Sumiso poeta fui para su corazón inefable…

A la castidad de sus labios mi alma llegó a asomarse.


Dios le dio, oh astro angélico, tu beso frío…

Donde la luz no era capaz de extinguirse.

Brillaba incierta en las claridades de tus fuentes…

Allá en el reflejo de las aguas provenientes de los siete mares.


Aún siendo su ser como el cristal

Que frágil encierra tu divinidad.

En su amor late la llama inmensa

Que fluye en la blancura de la paz.


Le has puesto tus relicarios, tus cofres…

Que encierran un misterio inequívoco…

Ella es pura…reina de las noches.

Que da vida a mi rostro frívolo.


Luna, blanca faz del espíritu…

Gracias a ella aun sigo vivo.

Son estas confesiones las que dicto.

La amaré aún en el Paraíso.


El último canto de mis coloquios.

Las estrellas otorgan también sus abrojos.

Yo, poeta, afirmo entre sollozos…

Que, como la luna, ella…brilla ante mis ojos